25 de julio

Viajábamos en la parte trasera de un carro que conducía la mamá de a. (la otra; a la que la naturaleza no le permite la mayúscula ni la bastardilla). Pienso que su madre, que se llama Leticia, es de alguna suerte un símbolo de las cosas que están mal en el mundo, pero que tienen oportunidades infinitas de redención. No es mala, en el mundo real, pero siempre la he tenido en ese concepto cuando no la tengo enfrente para pensar en ella.

Viajábamos y yo no me podía callar. Un tremendo flujo de ideas, inconexo y alebrestado, me había apañado y hablaba sin parar, moviendo las manos de un lado a otro violentamente para intentar distraerte de todas las sandeces que te decía. Tú me mirabas muy fijamente y sonreías y te reías cuando era necesario y decías “ay” cuando era necesario también.

En algún momento me quedé callado, me acomodé y miré al frente. Después de unos minutos, me recargué sobre el asiento de Leticia y le pregunté “oiga, ¿adónde vamos?” y ella, que ahora estaba peinada de coleta (como nunca la había visto) se volteaba y, a todas luces molesta, me decía “ni idea, Javier; ni idea”, el último “ni idea” con un tono más elevado y golpeado.

Y desperté al son del Gaaaaaaaaaaaaaas de todas las mañanas.